
La Navidad, además de ser el tiempo en el que los buenos sentimientos ablandan a la gente y se reúnen las familias que están disgregadas, ahora más que nunca, por el efecto perverso de las deslocalizaciones de los trabajos o de la “movilidad laboral”, como llama la rociera ministra Báñez a la forzada emigración de nuestros jóvenes, sean estos cerebros o mano de obra barata para la hostelería europea, la Navidad, decimos, es tiempo además de excesos gastronómicos, de ingesta ingente de calorías, de atracones que suelen pasar factura, unos excesos que, como poco, se convierten en más peso o el agravamiento de enfermedades crónicas.
Todos estos efectos adversos se pueden paliar mediante el ejercicio físico siquiera sea en plan moderado, algo que, más o menos, ya se intuye y que corrobora ‘The Journal of Physiology‘: El ejercicio diario reduce muchos de los efectos fisiológicos nocivos a corto plazo del exceso de comida y la falta de actividad, como sucede en las fiestas navideñas en que se consumen miles de calorías más de las que se queman, lo que trae consecuencias perjudiciales para la salud y el ejercicio tiene efectos positivos, incluso cuando estamos almacenando de forma activa la energía y aumentando de peso.
Según un último estudio de esta revista, después de sólo una semana comiendo en exceso, los participantes en el estudio monitoreados mostraron mal control de azúcar en la sangre y sus células de grasa expresaron genes que dan lugar a cambios metabólicos no saludables y un equilibrio nutricional alterado. Sin embargo, estos efectos negativos fueron marcadamente menores en las personas que practicaban ejercicio ya que un corto periodo de consumo excesivo y la reducción de la actividad física lleva a cambios “muy profundos negativos” en una variedad de sistemas fisiológicos, pero que una actividad diaria de ejercicio detiene la mayoría de estos cambios negativos.
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Hacer ejercicio también en Navidad